La barbilla en alto, la mirada directa, nunca me pareció tan valiente como entonces. Descubrí que me había enamorado de ella, no en ese momento, si no desde el principio, de antes, de poco a poco.
Las lágrimas le rodaban por las mejillas pero no sollozó ni aparto la vista, fiera y orgullosa hasta el final.
- Lo siento.- le dije, alcé una mano para acariciarle la mejilla y borrar sus lágrimas pero me dio un manotazo.
- No me toques. Tú me has hecho llorar, no te mereces consolarme.- me aseguró con la voz quebrada y se enjuagó ella misma el llanto con el dorso de la muñeca. - Que te den.- me dijo como punto final, se dio media vuelta bruscamente y echó a andar, alejándose de mí, las lágrimas rociando el aire según se marchaba.
Maldita sea si no la quise entonces.










